Pueblo cubano marcha en homenaje a los 8 estudiantes de medicina en el 150 aniversario de su injusto fusilamiento

En la escalinata de la Universidad de La Habana comienza la marcha. Son las 7:14 de la mañana y la gente está asomada a los balcones de la calle San Lázaro. Hay banderas, carteles, fotos de los ocho estudiantes fusilados. Hay universitarios con batas blancas que están, como todos allí, despiertos desde temprano. Es 27 de noviembre. Quien tenga corazón –escribió Fermín Valdés Domínguez– no puede olvidar nunca ese día.

El presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, encabeza la marcha. Tres kilómetros distan entre la Universidad de La Habana y el monumento a los ocho estudiantes de Medicina, en la explanada de La Punta. Hay allí un fragmento del muro donde fueron fusilados en la tarde de aquel 27 de noviembre de 1871. El año del terror.

¿Con qué frialdad pudo un voluntario español gritar “¡Pelotón! ¡Atención! ¡Fuego!”, y acribillar a balazos a ocho jóvenes inocentes? ¿Quién pretendió que enterrándolos en fosa común, en San Antonio Chiquito, no se encontrarían jamás sus cuerpos? Quisieron que Cuba los olvidara por profanar una tumba que siempre estuvo intacta. “Venimos ante los muertos que quiere la Patria, aunque no están, porque la Patria los quiere”, dijo Fidel Castro.

Ni olvidados ni muertos, se escucha durante la marcha por la calle San Lázaro. Hay un cartel que lleva tatuado los versos de Martí: “¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!”. Una señora, desde un tercer piso, se enjuaga los ojos a punto de lágrimas. La gente saluda al presidente. Lo han visto antes por San Lázaro. Lo han visto otros 27 de noviembre. Saben que la marcha que cada año pasa frente a sus casas le hace justicia a la inocencia.

Estudiantes de Medicina y tecnologías de la Salud hacen guardia de honor frente al monumento. Frank Ferrero es uno de ellos. Cursa el tercer año de Rehabilitación y habla de que fue injusto, inhumano, que “Inocencia” le parece una película espectacular porque transmite emociones. Habla de la escena final, de Anacleto Bermúdez, que no se deja vendar los ojos, que mira a la cara del asesino segundos antes de ser fusilado, como retándolo. Anacleto, que no podrá besar a Lola, su enamorada.

«Es un hecho que trasciende mucho, sobre todo para los jóvenes. Cuando Fermín Valdés Domínguez encuentra sus restos en el año 1887, Cuba se había olvidado de los ocho estudiantes. Y eso conmueve mucho”, dice Yoan Fonseca, quien cursa el tercer año de Medicina.

Frente al monumento, en el suelo, hay un código QR y debajo dice “Memoria en piedra”. Lo escaneo. En un video rescatado por la Oficina del Historiador, Eusebio Leal cuenta que los ocho estudiantes fueron serenos a la muerte, que los colocaron de dos en dos y finalmente los lanzaron fuera del cementerio. Como si los desterraran en su propia tierra. “Es indispensable no olvidar”, dice Leal.

En el muro se lee el epitafio que escribió Fermín: “Inocentes”. De a poco finaliza la marcha y la guardia de honor. Quedan las flores. Siempre las flores.

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