“Hay que creer en Cuba”

Entrevista con Eusebio Leal ( Final)

Por Magda Resik

El drama de Cuba era particular. No había, como en el continente americano, una realidad indígena latente y multitudinaria. La realidad de Cuba era la institución ominosa de la esclavitud, y al mismo tiempo una inocencia culpable en una parte del patriciado terrateniente, que de pronto es sacudido por una vanguardia, que hace lo que no suele ocurrir en otras partes del mundo: es capaz de despojarse de sus bienes y considerar que la verdadera libertad estaba en la lucha. Es Agramonte, es Céspedes, es Aguilera. Y es también el desencadenamiento de las clases populares.
Ahora, todo eso se declara perdido en el Pacto de Zanjón, en lo que los españoles llaman El Convenio. A mí me gusta mucho analizar esa etapa porque, aun agonizante, tirada en el suelo, herida de muerte la revolución, solo puede arrancársele un convenio, ¡un convenio! Y en puridad de derecho, solo se puede convenir con uno que no ha sido vencido ni derrotado, uno que, fatigado todavía y herido de muerte, puede imponerle al adversario un pacto. Quiere decir, no pueden aplastarlo.
Y entre la fatiga y el pacto, se impone la figura de Maceo y la Protesta, que no fue la única. Detrás de la de Maceo, viene la de Ramón Leocadio Bonachea en Las Villas con un sentido de insurgencia y desconsuelo, que lleva a Martí a aparecer en 1879 entre los conspiradores de la llamada Guerra Chiquita o Pequeña.

Justo antes de morir, Martí estaba alertándole a Manuel Mercado la necesidad de proteger a Cuba como esa piedra angular de las Américas, y de impedir con su independencia algo más allá. Estamos hablando de una Cuba mucho más contemporánea, esta de la que tratamos ahora, ¿pero en ella usted puede leer símbolos todavía de pervivencia de un pensamiento anexionista, en esta Cuba del Siglo XXI? Ha habido siempre un enfrentamiento, a lo largo de todas las épocas, entre los cubanos patriotas y los cubanos anexionistas. ¿Será esa una eternidad para Cuba, será un debate eterno para nuestro país?
Antes de 1868, era comprensible que no pocos cubanos creyeran que la solución del tema de Cuba, que había quedado postergado en la historia latinoamericana como Puerto Rico, la isla compartida que está al lado, Santo Domingo-Haití… estuviera en la anexión. Este drama en Las Antillas había quedado como un asunto a resolverse luego hasta que se produjo el manifiesto radical de Céspedes el 10 de Octubre de 1868: “Las armas las tienen ellos, vamos a buscarlas, no esperemos más, rompamos las cadenas de la riqueza y comencemos la lucha.” Una vez pronunciado ese llamado al combate, el sentimiento de la búsqueda de un camino para Cuba a través de los Estados Unidos era casi un pecado mortal aunque, en la propia Asamblea de Guáimaro, surgió todavía un documento firmado por cientos, que pedían a los Estados Unidos anexarse Cuba.
Ahora bien, ¿hasta qué punto el Padre fundador compartió estas ideas, viéndose en el colofón de la Asamblea ante esta disyuntiva? Su representante personal en los Estados Unidos, José Morales Lemus, se había entrevistado con el Presidente Ulysses Grant, y este le había planteado al representante de Cuba, después de un cabildeo y del pago de gente para lograr la entrevista casi imposible: resistan un poco más y tendrán más de lo que piden.
¿Qué es lo que pedía Cuba? El reconocimiento del carácter beligerante de la Revolución, el reconocimiento de una República de Cuba en Armas, que fue proclamada luego en Guáimaro.
Ahora, en Guáimaro surge este último intento, que se apaga porque ya no existen posibilidades históricas. Quiere decir, el camino de Cuba no podía ser el de ser una estrella más en la constelación americana. Ya había ocurrido el triunfo del Norte sobre el Sur, y ya no era la constelación del Sur, a la que, por la vocación esclavista, algunos pretendieron llevarla.
Existe y ha existido un anexionismo conceptual, que no cree en Cuba ni en su destino. Y había uno, que tenía una forma ingenua, que era una admiración desmesurada por la gran República del Norte, mientras miraban hacia Cuba y la contemplaban sumida en la oscuridad del gobierno militar, de la negación de todo derecho, de la imposición del culto a una sola religión, de la sumisión de la sociedad a un rey extranjero.
Eso quedó como una especie de equivocación permanente en algunos sectores de la sociedad, minoritarios pero influyentes; algunos que se sumaron al carro de la Revolución, victoriosa a pesar de la ocupación norteamericana; y aun a pesar de la Enmienda Platt, aun a pesar de que la República no fue la hija de la Revolución, sino su aborto, quedó un núcleo de sentimiento patriótico, en el cual el pueblo cubano sentiría que su destino era el goce de la libertad plena y absoluta. Y muchos que hasta ese momento habían militado en un partido reformista, como fue por ejemplo el Partido Autonomista, que era una equivocación también permanente, se sumaron sin fe a la República.
De ahí que sea el primer Presidente de la República de Cuba el que Martí escoge entre sus colaboradores. Y hay que decir con toda franqueza, y sin que sea un pecado o una blasfemia de carácter histórico, que Martí se equivoca, escoge al hombre inadecuado. Pero eso nos ha pasado a todos.

¿Usted se refiere a Tomás Estrada Palma?
Sí, Martí era un hombre, como yo y como tantos, un ser humano, y por tanto falible. Pero la información que él tenía hasta ese momento de este hombre era su situación en la Guerra de los Diez Años, Presidente de la República de Cuba en Armas, su exilio, su prisión en las cárceles españolas, su matrimonio con la hija del General Guardiola en Honduras, que lo lleva a convertirse en uno de los prominentes cubanos del exilio en aquel país. Posteriormente, emerge con su familia en Central Valley, donde funda un colegio. Martí, por su pobreza, por su sencillez y por su vocación, le nombra, lo describe como el cenobita de Central Valley. Para él siempre fue Tomasito, el hombre sin aspiraciones, la persona que debía sucederle. Y lo coloca al frente del Partido.
La labor de Tomás Estrada después, difiere profundamente del pensamiento íntimo que él conocía de Martí. Es más, cuando, ya Presidente, es llevado por sus aduladores a buscar la reelección que nadie quería, o muchos no querían, no vacila -ante el levantamiento del partido oponente y ante la descomposición de la sociedad que los norteamericanos habían dejado organizada para cumplir ante el mundo la palabra de que el pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre-, y tan pronto surge la perturbación, realiza lo inconcebible: que el Presidente, usando su facultad, escriba y mande su emisario al Presidente de Estados Unidos para pedirle que envíe inmediatamente los barcos norteamericanos a Cuba, porque él se declara impotente para sofocar la rebelión.
¿Qué le responde el Presidente de los Estados Unidos a Gonzalo de Quesada, el discípulo amado de Martí? Diga al presidente Palma que yo puedo mandar ahora mismo los barcos que me pide, pero que piense en la mancha imborrable que caerá sobre su nombre.
Esa fue la verdad.
Los norteamericanos llegaron a regañadientes, porque no querían venir; ellos lo habían dejado todo arreglado, el país lo tenían en sus manos legalmente, por la Enmienda y por los demás atributos que la Enmienda les otorgaba. Es más: en el monumento derruido a Tomás Estrada hay una imagen de la República de Cuba, sostiene en sus manos un libro de bronce todo que simboliza a la Constitución, y en una punta del libro hay un mordisco como de perro que es la Enmienda. Entonces, esa enmienda pesó como una lápida sobre las espaldas del pueblo cubano, y la revelación posterior de Tomás Estrada en una carta a un amigo íntimo, ya labrando la tierra. Porque Estrada fue en lo puramente económico un Presidente honrado, no robó nada, fue más que austero, cicatero; se toma la anécdota de que hasta el momento en que sale del Palacio Presidencial y alguien le pregunta la hora, da el reloj, porque ese reloj se lo habían regalado en su condición de Presidente y creía que no le pertenecía.
Pero lo cierto también, es que sentía una admiración desmedida hacia Estados Unidos, que revela en esta carta a un antiguo compañero de armas, en la que le dice: “Yo no creí nunca en esa independencia absoluta en que otros creían.” El otro era Martí: una Cuba absoluta y total. Y por tanto, Estrada Palma no comete el vulgar robo del arca pública pero roba algo más importante: la soberanía nacional.
Después de la segunda ocupación norteamericana, ya Cuba no fue igual, se probó que ante cualquier circunstancia volverían, y la historia lo demostró, hasta que un esfuerzo vital en el corazón de la propia república disminuida fue logrando, primero, el Tratado Hay- Quesada que devuelve a Cuba la soberanía sobre su plataforma insular y sobre la Isla de Pinos, pues se habían quedado con ella. Después, les obliga a irse constriñendo solamente a la Base Naval de Guantánamo -originalmente querían también Bahía Honda como otros espacios de Cuba-, y finalmente, después de la Revolución del 30 y del estallido popular y de lo que se produjo en aquella circunstancia -cuando en Estados Unidos había una nueva política hacia el continente americano-, se quita de manera formal el apéndice Platt. Era ya demasiado tarde. Ya no volverán quizás a la descarada un EnochCrowder, un Benjamín Sumner Welles o uno que viene a imponer lo que quiere el Departamento de Estado; pero seguirán ahí.
Sin ese beneplácito de Estados Unidos la República no podía existir. La que logra romper finalmente esa coyunda es la Revolución, precisamente el mismo día primero de enero de 1959, en que se cumplían 60 años del momento aquel en que los españoles abandonan el Palacio de los Capitanes Generales con unas palabras que fueron proféticas por parte del último capitán general: “…cesa de existir desde este momento, hoy primero de enero de 1899, a las doce del día, la soberanía de España en la Isla de Cuba y empieza la de los Estados Unidos.”

Leal, en los años 60 del pasado siglo – y ya usted estaba hablando del primero de enero de 1959 como un momento de ajuste de cuentas con la historia y toma del poder en favor de la independencia nacional -, Fidel alertaba sobre la filosofía del despojo. A la luz de las nuevas relaciones con los Estados Unidos, ¿cuánto de vigencia puede tener esta alerta, y cuánto la sociedad cubana debe preservar en su diálogo equilibrado, justo, soberano con esa nación?
Lo que está hecho, hecho está. Supuestamente debemos estar preparados, porque tarde o temprano ocurriría. No existen guerras perpetuas, no existen; acuérdate de la antigüedad, de la imagen del caballo de Troya ingresando como un regalo inesperado, que los otros aceptan como el fin de una contienda inacabable. No podemos aceptar el caballo de Troya. Debemos saber que la fábula de la rosa y la espina de la cual hablaba con tanta vehemencia y dolor el poeta Rainer Maria Rilke es una gran verdad.
Creo que la condición antimperialista no implica necesariamente un sentimiento antinorteamericano. Estados Unidos, a pesar del desarrollo imperial de su sociedad, es una gran nación, capaz de producir en el campo de la ciencia, del arte, de la cultura, valores reales. No podemos negar eso, porque negarlo sería favorecer un deslumbramiento como el que tenían los anexionistas de los años 40 y 50, que creían, como le dijo aquel joven a Antonio Maceo en Santiago de Cuba: “Cuba está llamada por el destino y la providencia a ser una estrella más de la constelación.”
Primero, hay que creer en Cuba, en su existencia real y posible, no en el mero pontón de la Roma americana, sino en una Cuba verdadera. Hay que creer que Cuba no fue, como ha dicho algún pensador o algún intelectual extraviado, una invención de Martí: Cuba es una realidad, no solamente un país, sino una patria y una nación, por la cual generaciones se han sacrificado.
Lo importante es tomar en consideración la necesidad de que nuestro discurso se haga potente en la misma forma en que se hace transparente; que el discurso no trate de apagar cualquier sentimiento legítimo de buscar, como quiere el gobierno cubano, como queremos nosotros, una transformación justa y necesaria del país hacia adelante, que se ha definido como un socialismo próspero, como un socialismo sustentable y sostenible, porque Cuba no puede vivir eternamente pensando que de afuera vendrán, como dije al comienzo, a resolvernos nuestros problemas. Cuba tiene su soberanía, ha demostrado tener su propia política exterior; Cuba tiene el valor acerado, y lo ha tenido durante 56 años, de mantener una posición adversa a la primera potencia del mundo y a la mayor que nunca existió y que por mucho tiempo existirá todavía. No estamos todavía en la Roma de siglo III.
Entonces, hay que prepararse para el diálogo. Y en las palabras del general-presidente Raúl Castro, pronunciadas en la Cumbre y aun en las que le precedieron en la Asamblea y en el mensaje o proclama al pueblo cubano anunciando el inicio de un diálogo que ya se venía celebrando, se evocan continuamente los términos fundamentales: igualdad de derechos, al mismo tiempo que la capacidad de diálogo; respeto a la soberanía nacional; reivindicación de derechos que no son gubernamentales ni circunstanciales, no son derechos que reclame el gobierno de Cuba, sino la nación cubana toda.
Quiere decir, la nación cubana reclama el fin de las leyes anticubanas, reclama el fin del embargo o bloqueo, que es lo que ha existido realmente, porque se ha extendido como una mano inquisitorial y puntillosa sobre cada acción de Cuba, sea económica o política, en cualquier parte del mundo; tercero, que se devuelva a Cuba el territorio ocupado, como han hecho los norteamericanos con otras naciones del mundo que han denunciado tratados similares o parecidos y ellos han tenido que retirar sus bases e irse, porque es el derecho soberano de un pueblo -y viene del Derecho, del Derecho romano, del derecho fundamental- que cuando un tratado o un convenio internacional es por una parte denunciada, la otra, en buena fe, tiene que entrar a discutir los términos: me voy a ir en cuatro años, me voy a ir en diez, voy a desmantelar, voy a terminar. No olvidemos que también la Base Naval de Guantánamo, que no tiene ya ningún significado militar, se ha convertido en una cárcel denunciada por el propio Presidente de los Estados Unidos y por todos los elementos progresistas del mundo, no solo revolucionarios, y constituye una humillación para Cuba y una espina previa que está colocada en el corazón de cada cubano.
Cuando un niño cubano nace, nace con una espina en el corazón: su patria, Cuba según el gobierno norteamericano, es parte de los pocos países del mundo que favorecen el terrorismo; Cuba es técnicamente un país terrorista, en esta época del mundo en que el terrorismo se ha convertido en el azote de la humanidad como fruto de la política nefanda de los poderes imperiales, como resultado de eso, de la burla, de la mofa, del agravio, de la injusticia. Y ahí voy a las palabras que tú mencionaste: Cese la política del despojo y terminará la política de la guerra. Por ahí anda lo que Fidel pensaba en ese momento.

¿Qué salvaría Eusebio Leal de esa relación histórica entre la Florida inicialmente y Cuba, entre Estados Unidos y Cuba a la luz de los tiempos? ¿Qué de historia, de cultura, de herencia patrimonial salvaría Eusebio Leal en este momento?
En primer lugar, la familia cubana, porque desde los abuelos del Padre Varela, militares españoles y habaneros que estaban en las guarniciones de San Agustín de la Florida, en Pensacola, desde los tiempos en que esa parte de América era un obispado de La Habana y parte del territorio continental español, Cuba y La Habana han tenido una presencia en territorio norteamericano. Segundo, allí vivió y se santificó el Presbítero Félix Varela, el Padre Varela, el santo de los cubanos, el hombre que en el último instante de su vida, con inmenso sufrimiento, decía que dedicaba su dolor a Cuba. Era un sentimiento místico de aquel que había creído firmemente, y está contenido en el espíritu de sus Cartas a Elpidio, en el espíritu de su periódico hacia los cubanos -fíjate, un periódico para los cubanos-, el hombre que había colocado en el Seminario de San Carlos los instrumentos de química y de física que el Obispo de Espada le había encargado a los mejores laboratorios de los Estados Unidos; el hombre que enseñaba música; el hombre que era al mismo tiempo, en su exilio, además del gran maestro que fue, maestro de una pléyade de grandes cubanos, a cuya peregrinación y encuentro van los mejores cubanos.
Allí estuvo su tumba. Negado por la iglesia, negado por el colonialismo, le fue impedido todo ascenso en el rango que le pertenecía como apóstol que fue de los irlandeses. Hoy, en el corazón del barrio chino de Nueva York está la modesta iglesia del Padre Varela, la modesta iglesia del Padre Varela. La persecución de Fernando VII le impidió alcanzar el episcopado pero no le impidió alcanzar la santidad. No descansa en ninguna catedral, paradójicamente no está en un templo; se custodian sus restos en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, adonde lo trajeron los intelectuales cubanos y lo colocaron allí, en ese lugar, como maestro, como educador y como sabio.
Evocaba a la familia cubana, porque allí fue la emigración patriótica. Fue el exilio de los primeros en pensar en la libertad de Cuba; fue el exilio de los de la primera guerra perdida, de los de la segunda; fue el exilio de los que no pudieron desarrollar su labor en Cuba, de los que fundaron sobre un arenal inhóspito en Cayo Hueso y en Tampa florecientes colonias cubanas; fue en Nueva Orleans, en el viejo cuartel español donde los cubanos conocieron a Juárez, allí se enarboló la bandera cubana, en aquellos lugares. Vas a los cementerios de Pensacola, de Mobile, y encuentras las tumbas de los que no pudieron volver; vas a Cayo Hueso y allí está el templo, están los lugares santos de los cubanos, el Club San Carlos -que, entre paréntesis, le pertenece a la República de Cuba-; pero, además, hoy viven en Estados Unidos infinitos cubanos que nunca fueron enemigos de la Revolución sino luchadores por Cuba, por la libertad de Cuba, y sus hijos no creen ya en las mentiras de una élite furiosamente anticubana, que ha renunciado a ser cubana, pero que no ha olvidado nunca su odio visceral contra la Revolución que les despojó de sus privilegios.
Pero hoy, al mismo tiempo existe un quórum en Estados Unidos por parte de los cubanos, de volver a Cuba, de encontrarse con su gente, de ir a las tumbas de sus muertos, de volver a su pueblo. Por otra parte, tenemos derecho a mantener una relación de amistad con la nación americana, con sus artistas, con sus instituciones, y aun con un Estado norteamericano que olvide su política ancestral con relación a Cuba y escuche la voz de todos aquellos que desde tiempos remotos hasta Lucius Walker y hasta nuestros días, han luchado por Cuba.
No olvidemos nunca que cuando el ciclón Katrina se abalanzó sobre suelo norteamericano, Fidel decide crear una brigada, y le da el nombre del más brillante de todos los mambises norteamericanos, el de un muchacho que a los 19 años vino a Cuba; un muchacho criado en Boston y Nueva York que luchó siete años y tres meses por Cuba; constelado de heridas, murió en Yaguaramas en la extrema vanguardia de la Revolución, velado por Agramonte, por su médico, el doctor Luaces; compañero de Máximo Gómez y de los grandes luchadores por la libertad. Ese fue el nombre que Fidel le dio a la brigada. Y cuando Fidel realizó el elogio de ese nombre para definir a una brigada que nunca fue aceptada para ir a Estados Unidos, cuando se hundía Nueva Orleans, la ciudad que tanto conserva de la historia de Cuba, esgrimimos el nombre de uno de los grandes americanos amigos de Cuba, que vino en la expedición del Perrit en mayo de 1869 junto a más de 80 jóvenes norteamericanos, muchos de los cuales fueron mártires de la independencia de Cuba, como pudo serlo Henry Reeve en la noche terrible en que casi todos ellos, sin hablar apenas el idioma español, fueron capturados y fusilados.
No olvidemos que al frente de esa expedición venía el general norteamericano Tomas Jordan, que fue presentado en el Demónico’s en Nueva York como el nuevo general para el Ejército Libertador de Cuba, contratado por la emigración cubana; no olvidemos nunca, que cuando Maceo cruza la trocha, en esos cuatro viajes, viene su coronel de la escolta Charles Gordon, héroe de Cuba; no olvidemos tampoco que muchos cubanos lucharon por la independencia de los Estados Unidos, lucharon allá con Washington, luego en el norte, y hay que decir la verdad, también en el sur de los Estados Unidos.
Pero del norte escogeré a los hermanos Cavada, que estuvieron en Gettysburg con Lincoln, uno de los cuales, Federico, llegó a ser, como abogado y coronel, auditor del ejército de los Estados Unidos. Se decía que era el mejor tipo del ejército americano, y el retrato que conservamos de él, lo conservamos vistiendo el uniforme de la Unión Americana. Pintor, artista, notable escritor, murió fusilado en Camagüey por la libertad de Cuba.
Quiere decir, no podemos vivir en una guerra perenne, ni luchando perennemente contra los fantasmas del pasado. Tiene que haber una paz con justicia, con dignidad, con decoro y con respeto. En este caso, no se le puede pedir al ratón las mismas condiciones que se le piden al gato que debe acceder a guardar las uñas bajo un guante de pelos; tiene que acostumbrarse a tratar de igual a un pequeño pueblo que ha representado como ningún otro el drama bíblico de David y Goliath.

Categorías: Cultura, Economía, educacion, Estados Unidos, Historia, Latinoamerica, Política | Etiquetas: | Deja un comentario

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