Alejo Carpentier, un embajador cubano y francés

Alejo Carpentier junto a su esposa Lilia Esteban, por París, un poco antes de su muerte.

Mucho antes de que en 1966, luego de un viaje a Vietnam, Alejo Carpentier fuera nombrado Ministro Consejero de la Embajada de Cuba en Francia,  ya el escritor cubano había fungido, de hecho, como representante de las dos naciones y de los dos pueblos. Alejo dio a conocer en Francia, así como en gran parte de Europa y del mundo, lo más representativo de la Isla, mientras entregó a

Cuba en páginas de revistas y periódicos la historia de la nación gala, sus orígenes, costumbres, historia y arte.

Todo empezó cuando un día de 1916, a la edad de 12 años, su padre —un arquitecto de pura cepa bretona— le puso en las manos los primeros libros de literatura que Alejo leyó en su vida. Eran tres ejemplares de la mejor literatura francesa, escritos por Honorato de Balzac, Emilio Zola y Gustavo Flaubert.

Le escuché decir al propio Alejo, ya famoso, que se bebió esas obras hasta la médula. Así empezó a conocer Francia, cuya lengua fue la primera para él luego de estudiarla des­de pequeño en París durante un viaje de sus padres a la capital francesa. Sin embargo, también dominó como pocos el castellano.

El haber recibido el Premio Miguel del Cervantes por la grandeza de la obra y la excelencia del lenguaje lo corroboran.
El destino hizo que fuera precisamente un gran poeta francés, Robert Desnoes (luego muerto en un campo de concentración nazi), quien le abriera las puertas de París, después de su salida de la prisión a donde Alejo fue a parar en represalia por sus actividades revolucionarias en el grupo Minorista, durante la dictadura de Gerardo Machado.

Es en Francia donde, en precarias condiciones económicas, estrecha el nexo cultural e histórico entre Francia y Cuba, que extiende a toda América Latina.

Cualquiera que se sumerja siquiera someramente en la bibliografía de Alejo Carpentier, realizada por Araceli García Carranza (obra minuciosa), hallará en sus más de 600 páginas miles de fichas  sobre la relación entre Francia y Cuba en la voz de Alejo Carpentier. Allí recibió y aportó conocimientos. Por ejemplo, la Radio Francesa le debe mucho, lo cual  fue reconocido, hasta después de su muerte.

Son muchos los artículos que escribió sobre Francia para los cubanos donde Alejo se refiere a La ciudad inmutable, obviamente París y sus rincones. “(…) Los rasgos típicos que matizan su existencia cotidiana, que co­munican un tinte peculiar a sus distintos sectores durante el día y la noche”, es una de las tantas descripciones que aparecen bajo su firma en la revista Carteles de La Habana.

Nada se le escapó nunca a Alejo Carpentier sobre Francia, incluyendo los hechos estéticos y políticos en las provincias. París, desde luego, tiene la primacía. Para él fue una grata revelación la Oficina del Vocabulario Francés, presidida por Georges Duhamel  “la cual tenía por objeto la conservación y defensa de la pureza de todo un idioma”. La lengua, su herramienta, fuera la española o la francesa, primaba.

La historia, tratándose de Francia o de Cuba, tiene su punto de convergencia y cúspide en una de sus obras maestras de literatura, la novela El Siglo de las luces, publicada en estreno ya en la Cuba revolucionaria.

Allá en Francia luchó por crear una revista que recogiera la cultura e historia de América Latina, especialmente la literatura y  con una colega—Elvira de Albear— fundó la revista Imán, aunque lamentablemente tuvo una vi­da efímera.

Grandes artistas cubanos, para mencionar solo tres: Rita Montaner, el músico Alejandro García Caturla, o el escultor Agustín Cárdenas, fueron elogiados por Alejo en París. Por demás un estudiante triunfador, Jorge Luis Prats, alumno del gran maestro Frank Fernández, también mereció su reconocimiento cuando ya Carpentier era, sin duda, uno de los novelistas más famosos del mundo, sin dejar de ejercer el periodismo, que le dio el pan para vivir desde su primera juventud.

Recuerdo que un día, próxima la mediano­che, el periodista Alejo Carpentier pasó un mensaje al periódico Granma por el teletipo. El responsable del equipo se llamaba Luis Gerardo. Entonces yo fungía como Jefa de  Información y me dijo: “Está entrando Car­pentier desde París, pregunta si tiene tiempo de redactar esta noche sobre el triunfo de un joven pianista cubano, ganador del concurso Margueritte Long, en París, primer estudiante de música que lo obtiene en Francia”. Ob­via­mente al día siguiente apareció la crónica de Alejo, escrita por él desde un teletipo de Prensa Latina. Acababa de regresar del teatro donde se premió al alumno Prats. Luego ha­bló por teléfono con Jorge Enrique Mendoza, director del periódico en aquel momento.

Car­pentier estaba eufórico por el triunfo de un muchacho cubano  en París.

Francia siempre hizo justicia al talento de Carpentier. En 1956 recibió allí el premio al mejor libro extranjero publicado en esa na­ción. Once de los críticos más famosos de Francia se lo otorgan a la novela Los pasos perdidos, traducida al francés por el eminente René L. E. Durand y publicada en la colección La Croix du Sub de la Editorial Gallimar, dirigida por Robert Callois. La obra tuvo en corto tiempo más de diez ediciones. Alejo propuso para Francia el título Le partage des Eaux (la división de las aguas) sugiriendo un hecho natural que ocurre en un punto del río Ori­noco.

El periódico Le Fígaro publicó un largo ar­tículo. Un párrafo dice: “Los pasos perdidoses un libro gigantesco. El cubano Alejo Car­pentier es, sin duda, uno de los más grandes escritores vivientes”.

Pero no es la única novela traducida de inmediato al francés, sino todas. ObviamenteEl reino de este mundo estuvo entre las primeras y se prolongó ese hecho hasta la última que escribió: La consagración de la primavera  (Le royaume de ce monde).

Las puertas de las universidades francesas estuvieron siempre abiertas para Carpentier y en ellas disertó no solo sobre su obra inmensa, sino también y mucho, sobre los grandes de Francia y obviamente entre ellos los tres autores que primero leyó, en francés, siendo un adolescente: Zola, Balzac y Flaubert.

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