Discurso del presidente Correa,a la llegada del Papa

“Bienvenido, papa Francisco, a nuestra América, a su América, a este tesoro de la Patria Grande, llamado Ecuador, que lo recibe con los corazones de todos los ecuatorianos desbordantes de alegría y esperanza. Bienvenido al país megadiverso más compacto del mundo. Por su ubicación geográfica, Ecuador es el ecocentro del planeta. Bienvenido a Quito, primer Patrimonio Cultural del Planeta y Capital de Sudamérica. Somos orgullosos de un mestizaje luminoso, somos geografía multicolor y tierra germinadora de pensamientos y acciones revolucionarias de quienes como usted, nos exasperamos por la injusticia y la exclusión.

Ecuador ama la vida. Nuestra Constitución obliga a reconocer y garantizar la vida, incluido el cuidado y protección desde la concepción. Establece reconocer y proteger a la familia como núcleo fundamental de la sociedad y nos compromete profundamente a cuidar nuestra casa común, al ser la primera Constitución en la historia de la humanidad en otorgar derechos a la naturaleza. El 20% de nuestro territorio está protegido en 44 reservas y parques naturales. La gama multicolor de nuestra flora y fauna se complementa y enriquece más con la diversidad de nuestras culturas humanas. Tenemos además de una mayoría mestiza, 14 nacionalidades indígenas con sus correspondientes lenguas ancestrales, incluyendo a dos pueblos no contactados, que han preferido el aislamiento voluntario en el corazón de la selva virgen. Nuestra Constitución define al Ecuador como un Estado unitario, pero plurinacional y multicultural. Los argentinos muy orgullosos dicen ‘El papa es argentino’; mi querida amiga Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, dice ‘Bueno, el Papa será argentino, pero Dios es brasileño’. Por supuesto que el Papa es argentino, probablemente Dios es brasileño, pero de seguro el paraíso es ecuatoriano’. Bienvenido, Su Santidad.
Querido Santo Padre, el gran pecado social de nuestra América es la injusticia. ¿Cómo podemos llamarnos el continente más cristiano del mundo, siendo a su vez el más desigual? Cuando uno de los signos más recurrentes en el Evangelio es compartir el pan. Por eso los obispos latinoamericanos, reunidos en Puebla hace 40 años, nos decían ‘Vemos a la luz de la fe como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente brecha entre ricos y pobres’. Nos llamamos un continente de paz, pero la insultante opulencia de unos pocos al lado de la más intolerable pobreza son también balas cotidianas en contra de la dignidad humana.
Usted, como un gigante moral para creyentes y no creyentes, nos dijo a los jefes de Estado reunidos en la Cumbre de las Américas en Panamá –cito- ‘la inequidad, la injusticia, la injusta distribución de las riquezas y de los recursos es fuente de conflictos entre los pueblos, porque supone que el progreso de unos se construye sobre el necesario sacrificio de otros, y que para poder vivir dignamente hay que luchar contra los demás. El bienestar así logrado es injusto en su raíz y atenta contra la dignidad de las personas’. Y agregó que mientras no se logre una justa distribución de la riqueza no se resolverán los males de nuestra sociedad. Nos insistió que la pobreza no se eliminará con limosnas, sino con justicia, al sostener que la teoría del goteo o del derrame se ha revelado falaz. No es suficiente esperar que los pobres recojan las migajas que han tirado los ricos.
Por ello, con claridad, usted sostiene que tiene que exigirse la distribución de la riqueza. Estas injusticias claman al cielo. La fundamental cuestión moral en América Latina es precisamente la cuestión social, más aún si por primera vez en la historia, la pobreza y la miseria en nuestro continente, no son consecuencia de la falta de recursos, sino de sistemas políticos, sociales y económicos perversos.
En ese maravilloso regalo que usted ha dado a la humanidad, su encíclica ‘Laudato si’, nos dice que la política no debe someterse a la economía y que necesitamos imperiosamente que la política y la economía en diálogo se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. Nos recuerda a todos los fieles que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. Cita en su encíclica las palabras de San Juan Pablo II, quien nos visitó hace 30 años, cuando dice ‘Dios ha dado la tierra a todo el género humano, para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno’ y que –añade- la Iglesia defiende sí el derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado.
Usted ha denunciado con fuerza la tragedia de la migración, la cual bien conoce nuestro país. No entiendo, Santo Padre, cómo los países ricos, muchos de ellos mayoritariamente cristianos, podrán justificar éticamente a la futuras generaciones la búsquedas cada vez mayor de mayor movilidad para mercancías y capitales, al mismo tiempo, que penaliza, e incluso criminaliza la principal de las movilidades, la movilidad humana. La solución, como tantas veces lo ha sugerido usted, no es más fronteras; es solidaridad, es humanidad, y crear las condiciones de prosperidad y paz que desincentiven a las personas a migrar. Vivimos, Santo Padre, una globalización inhumana y cruel, totalmente en función del capital y no de los seres humanos, ya que no busca no busca ciudadanos globales, sino tan solo consumidores globales. No busca crear una sociedad planetaria, sino tan solo crear mercados planetarios. Y que, sin adecuados mecanismo de control y gobernanta, puede destrozar países, como también lo menciona en su encíclica.
Santo Padre, el orden global no solo es injusto, sino inmoral. Todo está en función del más poderoso y los dobles estándares cunden por doquier. Los bienes ambientales producidos por países pobres deben ser gratuitos; los bienes públicos, producidos por los países hegemónicos como el conocimiento, la ciencia y la tecnología, deben privatizarse y ser pagados. Usted en su encíclica cuestiona el estilo de vida de los países ricos por insostenible y antihumano. Y acertadamente nos habla de la deuda ecológica que estos países tienen con los países pobres. La mejor forma de enfrentar este injusto orden mundial es con la unidad de nuestros pueblos. La construcción de la Patria Grande es impostergable, talvez los europeos tendrán que explicar a sus hijos porqué se unieron, pero nosotros tendremos que explicarles a los nuestros porqué nos demoramos tanto. Santo Padre, en lo personal, jamás acabaré de darle gracias a Dios y a la vida por todos los privilegios que me ha dado. Entre ellos poder conocerlo y recibirlo en mi patria. El Evangelio dice ‘donde está tu tesoro, está tu corazón’. Tenga la seguridad que mi tesoro no es el poder, sino el servicio. Tener un país sin miseria, pero también sin lujuriosos derroches, un país que supere la cultura de la indiferencia, donde se acaben los descartables de la sociedad. En la cual trabajemos para los hijos de todos y así, juntos, alcancemos el Buen Vivir, el Sumak Kawsay de nuestros pueblos ancestrales.
La doctrina social de la Iglesia nos dice que el bien común es la razón de ser de la autoridad política. Es ese bien común el que hemos tratado de construir en Ecuador desde hace ocho años, considerando –cito- ‘al prójimo como otro yo’, cuidando primero de su vida y de los medios para vivirla dignamente, como nos dice la Constitución Pastoral. La Conferencia Episcopal Latinoamericana, reunida en Medellín, nos decía hace casi medio siglo ‘el Episcopado Latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchos casos a la inhumana miseria. Un zurdo clamor brota de millones de hombres pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte’.
Gracias a Dios la Iglesia latinoamericana nos ha dado extraordinarios pastores, como Monseñor Óscar Arnulfo Romero, mártir de nuestra América recientemente beatificado por usted; nuestro Leonidas Proaño, el obispo de los indios, quien luchó por la verdad, por la vida, por la libertad, por la justicia, los valores del reino de Dios –como él los llamaba-. Nos dio un Hélder Câmara, ‘cuando doy de comer a los pobres me llaman Santo; cuando pregunto por qué hay pobres, me llaman comunista. Ahora esa iglesia nos la da usted, Francisco, el primer papa latinoamericano’, con su mensaje profético que si alguien quisiera callar, lo gritarán hasta las piedras.
Bienvenido a su casa, Santo Padre”.
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